Discurso y simulación del desarrollo sostenible

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Casi todos experimentamos angustia cuando vimos a la bióloga marina Christine Figgener extraer de la nariz de una tortuga un popote de plástico. Desde entonces nuestras visitas a un bar o al restaurante han cambiado. Pedimos que no nos den ese tubito de plástico, y ahora las empresas nos explican qué acciones han tomado al respecto, e incluso han surgido innovaciones tecnológicas en la producción industrial de este producto para hacerlo biodegradable.

Nos unimos con cierta inercia a la campaña verde en contra de los popotes como si fueran el protagonista contaminante en el mar. El video de la tortuga fue un detonador en foros y publicaciones personales, y aunque su viralización ha motivado de forma positiva la reducción del consumo de plásticos, también ha propiciado que existan unos cuantos confundidos.

Me refiero a confundidos con aquellos que hasta ahora han supuesto que el decir es igual a el hacer.  Si bien, actualmente se ha generado más empatía sobre el daño que el ser humano ejerce sobre la naturaleza y se ha cuestionado más nuestra relación con los ecosistemas, el compartir artículos sobre ecología en las redes personales (sobre todo clickbaits o con títulos sensacionalistas) no es un cambio suficiente. El que tengamos acceso a más información, y podamos generar espacios de discusión más globales, son buenos inicios, pero no les hemos aprovechado del todo.

También hemos vivido u observado el optimismo sobre aquellas iniciativas para aminorar la huella ecológica, que nos dan más confort que motivación. Si nos llega la noticia de que un estudiante ha inventado un dispositivo que limpia el agua de los mares, los confundidos sienten que “¡por fin alguien hace algo!” en lugar de poner sus barbas a remojar.

Detrás de este estudiante hay esfuerzos no tan visibles: desvelos, profesores que lo apoyaron, búsqueda de recursos económicos para llevar a cabo el desarrollo del proyecto, entre otros. Por la forma en que se viralizan y se interpretan las buenas noticias, a veces parece que ocurrieron por generación espontánea o inspiración mágica.

Aún como ejemplo hipotético puedo imaginar a este estudiante llenando formatos, esperando una pieza que el servicio de paquetería no ha entregado, buscando que le justifiquen sus inasistencias para poder presentar el proyecto en un congreso, la ilusión de una beca o la creación de un evento para recaudar fondos. Lo que quiero decir es que las iniciativas sostenibles, desde las más caseras hasta las más sofisticadas, requieren esfuerzo y casi siempre, reorganización.

Cuando vamos a hacer la compra, resulta atractivo aquél producto que promete no ser tan malo, que lleva una etiqueta eco-friendly o alguna otra categoría definitiva que nos haga sentir mejores con el medio ambiente. Las etiquetas ahora nos hablan más: desde nuestra enorme distancia con las granjas y fábricas, confiamos que todos esos sellos y certificaciones sobre lo verde y lo sostenible, nos están diciendo la verdad, o que al menos significan algo.

Sería muy extraño encontrar a una persona que no se asuma como preocupada por el medio ambiente, que no comparta el discurso de angustia por las futuras generaciones, por las especies en peligro o por las cifras que vemos en la prensa. Noticias y descubrimientos que se comentan dentro de un lugar común de pasillo, o de la fila del supermercado, del banco o sobre el auto que se mueve gracias a 10 cilindros: “Hoy está bien contaminado, ¿verdad?”.

Es muy probable que se juzgue con la fuerza y anonimato de las redes sociales, con la indignación como bandera a aquél que “no hace nada” por el medio ambiente. No es que sea erróneo preocuparse por el planeta, pero hay acciones posteriores, es decir, ahí no termina la responsabilidad (si es que esta acaba alguna vez).

Las propuestas, aunque breves, son sencillas: no somos mejores personas que aquél que no consideramos tan ecologista, o bien, no deberíamos estar actuando desde esa motivación. Porque las 80 mil toneladas de basura en el mar necesitan más trabajo en equipo que indignaciones individuales.

Además, habría que acelerar este paso entre la reflexión y la acción, porque de los recursos que estamos agotando, el tiempo es el menos renovable.


Dra. Liliana López León. Profesora de tiempo completo en el Colegio de Ciencias Sociales y Humanidades.

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