El compromiso en tiempos de hacer sufrir

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Hasta hace poco tiempo, la religión, el estado, la familia y sobre todo el deber, organizaban la vida de las personas dándoles un sentido de vida y un propósito en ella. Pero pareciera que en últimas fechas nuestra identidad de lo que somos, pasa más por el reconocimiento y la validez del otro, nos debatimos entre esta capacidad de amar y ser amado, de escoger y ser escogido, de desear y ser deseado. Son las nuevas tecnologías y el mundo globalizado en el que estamos, entre otros factores, los que han provocado que cambien las formas de relacionarnos en donde pareciera que hoy nos emociona más en saber qué le toca a quien, como, cuando, por cuanto tiempo, en qué forma y para llegar a qué, situación que evidentemente también nos hace estar en una confusión continua.

Es así que pensar en construir una vida amorosa hoy en día, se vuelve en una gran cruzada para encontrar ese gran tesoro que nos permita lograr el bienestar emocional y sexual estable que todos buscamos y donde la persona elegida ha de aceptar nuestra individualidad, pues el ideal de autorrealización no se pondrá́ en juego por una relación; y es ahí donde a través de negociaciones constantes donde debe de aparecer el equilibrio y la reciprocidad en la relación, y que gracias a las luchas por la libertad y la igualdad se irá consolidando el crecimiento de cada individuo.

¿Por qué́ entonces no encontramos la dicha amorosa “a la vuelta de la esquina”? Explicaciones se dan muchas: desde que nuestra sociedad es más egoísta, que se han perdido los valores, que nuestros traumas infantiles nos llevan a elegir mal, entre tantos otros. Pero lo que hay que entender es que justo los cambios sociales que han posibilitado la transformación del amor, también generan sus propios y nuevos sufrimientos. ¿Qué significa esto? que la elección de la pareja se ha vuelto un proceso meticuloso y complejo, donde los gustos personales son cada vez más exigentes y además sumamos que contamos con la infinidad de posibilidades a elegir y donde éstas siempre se pueden mejorar, abriendo paso a la indefinición y a la duda constante.

Por otra parte, la imaginación exacerbada y las expectativas irreales se colapsan en los encuentros concretos: nos aferramos a nuestros sueños sin adaptarnos a las realidades de quien está junto a nosotros. El miedo al compromiso, tanto por lo que implica renunciar a otros candidatos, a desconfiar de la duración del amor y el eterno temor a quedarnos solos, es que se vuelve una constante presente en esta búsqueda.

Comprometerse ya no es un requisito para iniciar una relación, sino un objetivo a alcanzar posteriormente, y conseguirlo no es sencillo, ya que el respeto a la autonomía del otro nos impide pedirlo y darlo, y el hecho de muchas veces no saber en dónde estamos parados genera una ansiedad nunca antes vista en el territorio amoroso. Anteriormente, el famoso “flechazo” activaba el deseo y disponía a la voluntad. Hoy racionalizamos por mucho las actuales elecciones, lo cual atenúa la intensidad de la emoción amorosa: el deseo sin intensidad pierde fuerza, la atención no se puede fijar en una única persona, y la voluntad es insuficiente para adherirse a dicha decisión.

A todo lo anterior, hoy en día existe un factor adicional que trastoca esta búsqueda, el excesivo impacto mediático de la sexualidad, donde la libertad en ello es un sello de garantía a desarticular el  combo sexo, hijos y amor en un paquete matrimonial, instalándonos en el mercado sexual mucho más tiempo. En nuestra sociedad consumista, la competencia erótica es feroz; hombres y mujeres rivalizan entre sí y con sus congéneres por conseguir a las parejas sexuales más deseables, ver quien acumula más ligues y exhibir sus proezas erótico amorosas. Si nadie te elige, ¿quién eres?, ¿cuánto vales?

El amor se ha vuelto el territorio del reconocimiento, de la identidad y de la validación personal, donde la ambivalencia y la incertidumbre permea la intimidad: ¿Me desea o no?, ¿se quedará o se irá?, ¿soy suficiente para ella/el?. El amor en la actualidad no solo genera decepción, sino que la anticipa: a temprana edad ya se vislumbran relaciones inciertas e inquietantes, lo que resulta en estrategias “perversas” para afrontar su fragilidad y temporalidad. Así, que no es de extrañarnos que el desapego, el engaño y el abandono sean los “golpes” que encabezan los quiebres amorosos donde la fórmula de sobrevivencia es que: para no sufrir, hacemos sufrir…empezando por nosotros mismo.


Autor: El Dr. Josman Espinosa Gómez es Docente Investigador de Tiempo Completo de la Escuela de Psicología de CETYS Universidad Campus Mexicali.

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